Deambulaba por Brodway en dirección a Saint Paul’s Chapel cuando New York se volvió loco. Después de una tarde visitando uno de los focos más turísticos del planeta, estaba listo para volver al hostal donde me hospedaba.
Pero poco antes de las 11 de la noche aparecio una marea humana procedente de todas partes y la curiosidad hizo que me quedase. El barrio histórico y financiero de Manhattan vibraba de actividad, casi de un modo inusual a esas horas. West Street se llenó de gente, otros subían por Broadway procedentes de las bocas de metro de Wall Street, Fulton Street, Broad Street y Rector Street. En Albany Street y las vias colindantes no cabía un alfiler. Poco después una de las personas que allí se manifestaban me dijo que “habían acabado con el monstruo”.
Todos creían que el círculo que se abrió 10 años antes, con la caída de dos de los símbolos más importantes del capitalismo norteamericano, se había cerrado. “Bin Laden ha muerto. Lo acaba de anunciar Obama por la televisión”, me explicó otro ciudadano exultante resguardándose del frío de la noche neoyorquina con una bandera de su país.
A pesar de lo que mucha gente pensó en un primer momento, no se trató de nada más que un gesto. Uno macabro y apresurado. La muerte de Bin Laden no cerró ningún círculo, no acabó con ninguna guerra, y no llevó la democracia a los países árabes. Las dos guerras que desencadenó este atentado todavía duran y nadie sabe hasta cuando. Irak no es un lugar mejor ni Afganistán está libre de los talibanes tal y como Bush prometió hace casi una década.
Pero muchas parcelas se han movido en estos diez años. El miedo a nuevos atentados en suelo americano se tradujo en una pérdida de libertades que todavía sufrimos día tras día cuando intentamos coger un avión. El aumento constante del presupuesto militar de USA ha hecho casi triplicar su deuda externa. Una crisis tan feroz como profunda del sistema financiero capitalista ha hecho casi duplicar las cifras de paro, de un 5% a casi un 10%. Estos datos, hacen que a día de hoy, se discuta la hegemonía americana. Países en crecimiento, como China, India o Brasil ponen en duda la preponderancia mundial de este gigante.
Los países árabes también han sufrido cambios. Irak y Afganistan son víctimas de sendas guerras que han acabado con la vida de centenares de miles de personas. Muchos analistas creen que el principal motivo de EEUU fue el control de los vastos depositos de petroleo en oriente medio. Su proposito inicial, desplegar la democracia, nunca tuvo exito. Con la caída de sus dirigentes, Al-Qaeda ha perdido la mayor parte de su poder militar y de persuasión y ha dejado de ser la mayor franquicia del anti-capitalismo. La clase media empobrecida de los países islámicos se ha levantado contra la corrupción, tortura y falta de libertades. Lo que amanecio como dóciles manifestaciones de estudiantes desencadenó la caída de los dictadores de varios países del Magreb y Oriente Medio. La ”Primavera árabe”, como ya se conoce esta revolución, florece a lo largo del Norte de Africa y Oriente Medio y promete cambios, politicos y sociales.
Diez años después, la Zona Zero tan sólo es un recuerdo de una matanza. Un símbolo de un ideario anti-capitalista que no llegó a cuajar en la sociedad islámica. Pero las cicatrices del mayor atentado de la historia todavía se pueden ver en una de las urbes más importantes del planeta.
La mañana siguiente de la muerte de Bin Laden paseé de nuevo por la zona. Una inmensa parcela en construcción tristemente conocida por un atentado terrorista perpetrado diez años antes, un altar lleno de fotografías de los fallecidos en Saint Paul’s Chapel y el monumento dedicado a los 343 bomberos fallecidos durante el atentado son las cicatrices todavía visibles de la trágica mañana del 11 de septiembre de 2001.
A pocos metros de la Zona Zero, reina la rutina. Trinity Church y Saint Paul’s Chapel también han abierto esta mañana. Los trabajadores de la construcción siguen el imparable proceso de construcción del nuevo World trade Center. Miles de profesionales enfundados con traje y corbata recorren con aire apresurado las transitadas calles del distrito financiero. En Wall St reina el caos como viene sucediendo después de la crisis financiera de 2008.
Los turistas, un día más, ocupan las calles. El pub O’hara’s situado en la calle Greenwich también ha abierto hoy. Un indigente de color intercambia la crónica de los hechos por dinero tal y como viene haciendo desde los días posteriores al atentado. Tan sólo hay una cosa diferente esta mañana. Centenares de turistas y ciudadanos enaltecidos por la muerte del “monstruo” se toman fotografías junto al monumento dedicado a los 343 bomberos muertos durante el atentado mientras gritan lemas de enaltecimiento a la patria.






