Clint Eastwood se despide de las cámaras interpretando a Walt Kowalsky, un huraño y cascarrabias veterano de la guerra de Corea que acaba de perder a su mujer. Una versión añeja de aquel policía duro al que sus compañeros llamaban Harry el “sucio” por sus cuestionables métodos. Un personaje arquetípico que acompañará a Eastwood más allá de la muerte pese a haberse destapado como uno de los mejores actores y directores contemporaneos. Eastwood ha seguido indagando el lado oscuro y los sueños rotos. Esta vez lo consigue con una historia que parte de la senzillez de un barrio obrero.
Racista y gruñón, Kowalsky es un mecánico jubilado que venera un tipo de patriotismo añejo y desfasado. Se vanagloria de haber matado a trece amarillos con sus propias manos durante la guerra de Corea. Está enfadado porque su barrio de obreros blancos se ha inundado de hispanos, asiáticos y negros. Sus hijos se han ido, su mujer ha muerto, se hace viejo y no logra comprenderlo. Como si se tratara de una isla en medio del océano, Walt vive en la única casa bien pintada, con un jardín bien cuidado del barrio y una gran bandera americana ondeando en la entrada. Como dijo el propio Eastwood, “Walt es un tipo duro, sobretodo porque ha acabado con todo atisbo de emociones”. Pero todo cambiará cuando uno de esos amarillos que tanto odia entre en su vida para darle la última oportunidad de redención.
A sus ochenta años, Kowalsky está atrapado en el pasado. Ya sólo se entiende con sus colegas, un barbero que comparte su jerga, la bebida, su perra y un coche al que adora y saca brillo y que Eastwood utiliza como símbolo de la incapacidad del protagonista de abrirse al mundo. El automóvil permanece durante la mayor parte de la cinta cuidadosamente guardado en garaje. Sólo sale de él, cuando Kowalsky realiza su acción redentora. Un final inesperado y trágico para dar fin a este western urbano. Eastwood interpreta a la perfección el papel de un sheriff anciano y cansado con ansias de venganza. El último papel del tipo duro.